Todo empezó buscando un trozo de panal para una sesión de fotos. Preguntando, alguien nos habló de Elena, una apicultora murciana que vende en mercadillos y se mueve mucho en redes. Así llegamos a Gimiele.
Después de hablar con ella, entendimos rápido que aquello no iba solo de miel. Así que, un domingo de marzo, nos fuimos con Elena y Ginés a ver sus colmenas.
No diremos dónde están. Solo que es en algún punto del campo de Cartagena, bastante apartado… y también porque, como nos contaron, hay quien roba miel y panales.





Antes de acercarnos, nos pusimos los buzos de apicultor. No es un simple trámite. En cuanto te cubres, entiendes que vas a entrar en otro entorno, uno que no controlas.
Era un día de mucho viento, lo que complicaba bastante las cosas. Las abejas estaban más activas y no paraban de moverse. En algunos momentos se quedaban en la malla, justo delante de la cara, entre la cámara y los ojos. Impone. Bastante. Pero, por suerte, salimos sin ningún picotazo.
Cada colmena puede tener hasta 12 cuadros y entre 30.000 y 50.000 abejas. Ginés abrió varios panales y empezó a enseñarnos cómo se organizan. Con una rasqueta fue separando partes, señalando dónde estaban las crías, dónde se almacenaba la miel, cómo se distribuía todo.




Vimos abejas con polen en las patas, completamente ajenas a nuestra presencia. Nos enseñaron la diferencia entre obreras, zánganos y la reina. Las obreras lo hacen todo. Los zánganos, nos dijeron, están para reproducirse y poco más: no pican y ni siquiera saben alimentarse por sí solos.
En un momento dado vimos una reina. No es fácil distinguirla si no sabes lo que buscas, pero cuando te la señalan, la ves. Y entiendes que todo gira alrededor de ella.
Ginés utilizó el ahumador para poder trabajar con más calma. El humo las relaja, hace que estén menos agresivas. Aun así, nada de esto parece sencillo. Hay que saber moverse, observar, respetar.




Gimiele es el proyecto de Elena y Ginés, una pareja murciana que lleva más de 20 años dedicada a la apicultura.
Antes de todo esto, sus vidas eran otras. Ginés era carpintero. Elena, técnico de calidad. Pero en algún momento decidieron cambiar el rumbo y apostar por esto, por trabajar juntos y construir algo propio.
Ginés nos dijo una frase que se nos quedó grabada:
“Se puede decir que las abejas me eligieron a mí”.
El primer contacto que tuvo con ellas fue en su taller de carpintería, cuando un enjambre decidió instalarse allí. A partir de ahí empezó todo.
Hoy, su trabajo se basa en una apicultura artesanal, muy ligada al territorio y al ritmo natural de las abejas. Sin prisas y sin atajos.




Después de pasar la mañana con ellos, la sensación es clara: la miel es importante, pero no es lo único.
Cada panal, cada colmena, cada gesto tiene detrás un equilibrio delicado. Entender cómo funciona una colmena cambia bastante la forma en la que miras un bote de miel.
La suya es miel cruda, 100% natural, sin procesados ni añadidos. La envasan ellos mismos, de forma manual. Pero más allá de eso, lo que hay es un trabajo constante, atento y bastante invisible.
Nada aquí parece acelerado. Todo depende del momento, del clima, de la floración, de lo que las abejas decidan hacer.


Nos fuimos de allí con la sensación de haber estado en un sitio al que normalmente no se accede. No solo por el lugar, sino por lo que implica.
Las abejas imponen respeto. Y después de ver cómo trabajan Elena y Ginés, todavía más.
Hay algo muy honesto en todo esto. En la forma de trabajar, en cómo hablan de lo que hacen, en cómo entienden su oficio. No hay discurso. Solo práctica, constancia y mucho tiempo.
Y eso, en medio del campo de Cartagena, también mola.
Si quieres conocer más sobre su trabajo, puedes seguir a Gimiele en su perfil de Instagram (@gimiele_mielartesanal) o visitar su web. Allí comparten su día a día y puedes conseguir su miel directamente, sin intermediarios.
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